
No se sabe por qué. Pero el cielo azul disminuye las discusiones.
Quizás sea por la cálida corriente de buen humor que llega del océano. Y entra por las ventanas que viven al lado del mar. Y muda los vasos medio-vacíos a medio-llenos.

Y no se sabe por qué. Pero el buen tiempo consigue que hasta el hombre más callado, que hablaba menos que un cowboy del Oeste, pues se suelte a hablar. Ha habido casos, incluso, de alguno que juró que jamás iba a bailar. Y al llegar a la isla va y prueba por primera vez. ¿Por qué? Nadie sabe por qué.

Vaya Ud. a saber por qué. Pero el batido de playas de Gran Canaria consigue que los días de vacaciones corran amables. Las discusiones corren a evaporarse. Y el zumo de montañas de la isla regala días de excursión, para descubrir rincones donde ser felices juntos un rato.

Debe ser el efecto magnético que salta del océano. Y se mezcla con el sol. Y produce un revuelo que hace que los polos opuestos se acerquen (o que vuelvan a acercarse, si se les hubiese olvidado, por cosas de la vida, el primer efecto).
El viaje a Palmitos Park
de los exploradores bajitos
No son conocidos. Ni salen en las enciclopedias.
Mis hijos pequeños no son exploradores famosos.
No descubrieron las fuentes del Nilo, ni llegaron al Polo Norte (todavía...).

Pero ay ay! en cuanto llegan a Palmitos Park, el parque del sur de Gran Canaria, se me transforman. Se convierten en la versión en pequeño de Livingstone, de Stanley y de Amundsen. De los 3 juntos.
Son mi equipo especial de exploradores bajitos. Especializados en animales exóticos. Conocen hasta el último de los animales raros que viven allí. Coatíes, marabúes, ualabis, calaos... Necesitará el asesoramiento de los especialistas bajitos.
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