Las torres de Artenara contemplan a las de Gran Canaria
Hay cuatro torres que miran hacia las alturas a la vez que rasgan los límites entre cielo y tierra en la cumbre de Gran Canaria.
Estos índices de piedra atrapan la mirada y la empujan hacia arriba, con la insistencia de un niño y la perseverancia de los siglos. Señalan lo evidente. El azul sin interrupciones y los pinares a sus pies. Pero revelan también una realidad que escapa en un primer instante del ángulo de visión. Se trata del curso del tiempo y las historias de quienes han habitado y habitan en la linde de dos mundos.
El Roque Nublo y su escudero, La Rana, afrontaron en soledad el papel de vigías en la cima, con la paciencia de quien aguarda una señal que otorgue sentido a su larga espera. Mucho tiempo después llegaron los hombres y mujeres, primero en poblaciones aborígenes cobijadas en cuevas y más tarde en asentamientos históricos que también aprovecharon estas oquedades.
Las viejas costumbres daban paso a otras nuevas, en muchos casos adaptaciones de las anteriores, pero había algo que permanecía inalterable: la mirada al cielo. Y así, en este espacio repleto de santuarios aborígenes y de marcadores solares, surgieron templos como la Iglesia de San Matías de Artenara, cuyas dos torres cuadrangulares con cantería roja establecen un paralelismo con la formación natural del Nublo.
La matriz del Roque Nublo es el volcán. En el caso de la Iglesia de San Matías, la pequeña ermita construida en 1630 reconstruida por completo a finales del siglo XIX hasta completar su actual estructura de tres naves. El templo invita a la vez al recogimiento y al infinito, lo mismo que puede sentirse en la base del Nublo. Las cristaleras tamizan el resplandor de la luz exterior para que ilumine con la intensidad justa las escenas pictóricas, inspiradas en las creencias religiosas y en los amaneceres y atardeceres sobre el paisaje cumbrero.
Cada mes de agosto, la festividad de la Virgen de la Cuevita subraya todavía más el alma de piedra de la cumbre de Gran Canaria. La pequeña talla abandona por unos días su cueva para alojarse en la Iglesia de San Matías, que abandonará de noche concluidas las fiestas para regresar a su santuario en las entrañas de la montaña.
Esta visión conjunta de las cuatro torretas se puede observar desde el Mirador de La Crucita, encuentro de caminos en el centro de Gran Canaria y donde han confluido los pasos de aborígenes, trashumantes, campesinos, labrantes, marchantes de ganado y senderistas. La huella de la historia insular es aquí profunda.
A lo lejos, las cuatro torretas continúan elevando la mirada y los sueños hacia las alturas, en busca de esperanza, igual que aves aupadas por las corrientes, como ha sido siempre desde que el Nublo es Nublo o desde que un grupo de franciscanos puso unas sobre otras las primeras piedras de la ermita de San Matías.
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