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Gastronomía

Suspiros de azúcar en una tierra verde

En Moya no podemos decir aquello de “qué verde era mi valle”, porque aquí el territorio es muy abrupto, pero sí que la tierra huele a verde, al verde de su frondosa vegetación natural, de sus fincas de plataneras y al verde de sus huertos de papas y de millo [maíz].

Algunos de sus bosques son de eucalipto, así que no es difícil adivinar la mano del hombre en ello, que los plantaba para obtener palos que sujetaran la pesada piña de plátanos cuando aún cuelga de la planta. Y entre unos y otros árboles, los del país (éste, insular y atlántico) y los de las antípodas (el australiano que tan rápido arraiga) el suelo alimenta toda una variada población de… ¡setas! Unas para comer, otras sólo para mirar, y en ambos casos para deleitarse fotografiándolas, aportan su mágica presencia a un entorno que invita al paseo y al senderismo.

Estamos en el norte de la isla, donde la gente, ¡golosa ella!, era aficionada antaño a una cocina repostera que tenía a algunas mujeres especializadas en la tarea de ofrecerla a sus vecinos… sin salir de su casa. Eran esos vecinos –aquellos que querían agasajar a una anunciada visita, o que preparaban un bautizo o una boda, o que era más golosos que nadie–, los que tenían que proporcionarle los huevos necesarios a la repostera y ésta se hacía cargo del pedido.

Es así como nació en Moya su especialización en los bizcochos que llevan su nombre, y en unos suspiros que siempre los acompañan (nos referimos a los suspiros de azúcar, que a los que emite el ser humano sea cual sea la causa no le aplicamos receta). Y todo por un despiste en el horno. Lo relataba muy bien, haciéndonos el cuento, el recordado Teodoro Perera que, siendo concejal de Cultura de su pueblo hace unos años, escribió en un programa de las fiestas del lugar:

“Cuentan las mentes más longevas que el bizcocho de Moya vino a tomar vida, hace más de un siglo, de manos de una mujer llamada Cha Manuela. Contaba a la sazón cincuenta años cuando, movida por las circunstancias que su paupérrima condición le deparaban, empezó a trabajar los primeros bizcochos, sin otro fin que el de paliar su solemne miseria”.

Con los ingredientes que aportaban sus vecinos con el encargo, la señora horneaba unos exquisitos bizcochos y suspiros. Pero dejemos que siga el relato Perera: “Por aquella época, la única panadería que existía en estos contornos era la de seña Antonia (…). Era allí donde Cha Manuela acudía presurosa buscando un huequillo en el ahumado horno, para cocinar sus bizcochos. Tenía un lebrillo viejo, pero bien aliñado, y provista de un batidor de palo ponía a prueba su espectacular maña, agotando con gracia picaresca el último síntoma de energía”.

Otras mujeres del pueblo siguieron el ejemplo, receta en mano, de las habilidades de Cha Manuela con el batidor, y así es como llegamos hasta Cha Jacinta, la que descubrió accidentalmente la forma que hoy presentan los bizcochos de Moya. La historia es bien conocida aquí, así que la continuamos por boca de una de las actuales fabricantes del producto, Josefa González: “Dicen que a Cha Jacinta se le quemó el bizcocho un día y se dijo: ‘Vamos a ponerle un poco de lustre para tapar lo quemado’, y de ahí salió”. El resultado es un bizcocho que se hornea dos veces, la primera vez sale esponjoso y la segunda, que se lustra con merengue brocha en mano, lo termina en su formato seco para mojar en leche o chocolate.