7 secretos que susurran las arenas de Maspalomas
La Reserva Natural Especial de las Dunas de Maspalomas está repleta de valores naturales e historias para conocer y preservar.
1. El nacimiento de una duna
Cada una de las dunas de Maspalomas relata una historia. Son montañas errantes con su propia biografía. Llegan del mar para buscar el cielo. Estas formaciones arenosas son hijas de los elementos, que se combinan para su gestación. En primer lugar, las corrientes marinas depositan la arena en la orilla. El sol del sur de Gran Canaria, al secarlas, hace su parte. A continuación, el viento la arrastra hacia el interior.

Poco a poco, los áridos se acumulan alrededor de plantas, como los balancones. Surge de este modo una duna embrionaria, que crece progresivamente con el aporte de arena y el aumento de la altura de la planta. Además, parte de la arena rodea a los balancones y se deposita tras ellos. La duna parece cobrar vida en un momento dado y continúa avanzando hasta que deja atrás al arbusto que le ayudó a desarrollarse. Es la emancipación. Así se forman, con la paciencia de la naturaleza, las dunas móviles que avanzan desde la Playa de Inglés en dirección a la de Maspalomas, como se explica en la web del proyecto Masdunas para la conservación de esta Reserva Natural Especial.

2. Vida en el reino sinuoso
Cuando cae la tarde, el paisaje dunar podría ser confundido con un conjunto de animales mitológicos que se cubren bajo un suave manto dorado para pasar la noche. En realidad, la vida que habita en la Reserva Natural Especial de las Dunas de Maspalomas es perfectamente real y tangible. Es el hábitat de más de cincuenta especies de flora, entre ellas endemismos de Gran Canaria como el salado verde, a las que se suman plantas de nombres tan sugerentes como el tarajal canario, la siempreviva espinocha o la melosa de arena. Otras denominaciones nos recuerdan que nos encontramos en un lugar entre la tierra y el mar. Es el caso de la uva de mar o el tomillo marino.

La superficie de las dunas es a veces un tapiz en el que se aprecian leves pinceladas con la presencia de la minúscula pimelia de las arenas, un tipo de escarabajo que brilla como un zafiro. En contraste, también es el hogar del lagarto gigante de Gran Canaria. El vuelo de los alcaudones, bisbitas camineros y abubillas también se suman al cielo, proyectándose desde este territorio sinuoso que se mueve sin que nos demos cuenta.
3. Contemplar, entender y adentrarse en el reino arenoso
Las dunas son un gran reloj de arena donde, paradójicamente, el tiempo parece detenido. Es posible adentrarse en sus entrañas. Basta con seguir unas sencillas instrucciones para mantener el equilibrio de esta joya natural. Existe una red de ocho kilómetros de senderos balizados de los que no debemos salirnos, por razones de seguridad y conservación. Tampoco se permite acampar, arrancar o pisar plantas, levantar refugios con piedras y estructuras que alteren el paisaje, hacer ruidos innecesarios o alimentar a los animales. De este modo, la única huella que quedará tras el paseo será un recuerdo.



4. Un mirador. Dos mares
Tenemos la opción de sentirnos como una gaviota volando sobre las olas de un mar de arenas. Es la sensación que brinda asomarse al mirador de las Dunas, al que se puede acceder directamente desde el Paseo Costa Canaria o tras atravesar el vestíbulo del hotel Riu Palace Maspalomas. Además, aquí se encuentra la Oficina de Información Turística del Centro de Interpretación de las Dunas, que además es la base de los agentes medioambientales para la protección de la zona. Solo hay que relajarse y dejar que la mirada vuele sobre dos mares: uno de arena y, al fondo, otro azul.

5. Siglos de arena
Probablemente haya miles de historias enterradas bajo las dunas. Y es posible que nunca lleguemos a saber de ellas. Otras, en cambio, han resistido el paso del tiempo. Una muestra de ello es el yacimiento de Punta Mujeres, un asentamiento costero de la antigua población aborigen datada entre los siglos VII y IX. Este conjunto de estructuras domésticas que debía formar parte de un asentamiento de mayor tamaño se encuentra a la vista en el Paseo de Meloneras. Arqueólogos y arqueólogas recuperaron de su interior cerámicas, utensilios de piedra y restos de fauna marina y terrestre que corroboran su relación casi simbiótica con el medio, en especial con el humedal. Esta laguna que se forma en la desembocadura del barranco de Fataga justificó también la escala que hizo Colón en su cuarto viaje a América en 1502 para hacer acopio de agua de la Charca de Maspalomas, potable, pero a la vez algo salina, circunstancia que garantizaba que no se emponzoñara a bordo.

6. Guía en el mar y referencia
Los faros siempre han sido una referencia para las gentes de la mar. Ahora lo son también para las personas que visitan Maspalomas. Es el caso al menos del icónico Faro de Maspalomas, que proyectó su primera luz en 1890. Esta torre de 55 metros de altura es la sede del Centro Etnográfico del Faro de Maspalomas, centrado en los oficios artesanos de Gran Canaria, incluida la impresión que dejaron de ellos diferentes viajeros. Hay una tienda con múltiples objetos de regalo, además de un punto de información turística.

7. El espejismo y la realidad
Maspalomas es un tapiz de arenas móviles, susurros, un espejo de aguas, memoria y, sobre todo, presente y futuro. A un lado de las dunas bulle el mar. Al otro, tierra adentro, lo hace una creciente oferta de ocio y restauración para todos los gustos. Del mismo modo que se forma una duna, de un modo imperceptible pero imparable, han aflorado en Maspalomas, y en especial en el entorno del Paseo de Meloneras, múltiples locales y restaurantes empeñados en sorprender a los paladares más exigentes. Mientras, las ofertas y objetos de tiendas y comercios atraviesan el vidrio de los escaparates como peces voladores. Todo está vivo en Maspalomas. Todo es espejismo. Todo es real.
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