El Dedo de Dios que siempre fue un Roque Partido
La formación rocosa del Puerto de Las Nieves, en Agaete, vio caer su pináculo en 2005, pero sigue conservando la belleza de las grandes obras de arte de la naturaleza.
En Agaete siempre se le llamó el Roque Partido. El Dedo de Dios fue el nombre que le puso un día Domingo Doreste, Fray Lesco, el mismo que hablaba de Gran Canaria como un continente en miniatura. Realmente esa formación rocosa tiene algo divino, lo ha tenido siempre, cuando la veíamos hace veinticinco años, antes de que la tormenta tropical Delta tirara su pináculo superior, y como la seguimos viendo ahora, con las formas que sigue creando la erosión del viento y del océano.
Antes y ahora, el Dedo de Dios se esconde entre los acantilados de los que un día formó parte, cerca de Las Merinas, entre el Muelle Viejo y Guayedra, debajo del Antigafo, siempre con el Teide enfrente, y con la cola de Dragón de La Aldea si extendemos la mirada hacia el horizonte costero. Todo ese entorno contiene la belleza, el color de las aguas, la brisa del Atlántico, y los colores de las piedras que cambian con cada ocaso, con cada atardecer inolvidable que nos regala el Puerto de Las Nieves de Agaete.
Si queremos verlo, no tenemos más que asomarnos desde el Muelle Viejo, escuchando el rumor de las aguas que golpean contra cualquiera de las tres escaleras, y allí aparecerá como un Atlante detenido por el tiempo, con la memoria de quienes lo vimos cuando todavía estaba entero, y con la emoción que tiene siempre lo que aparentemente está roto, con la entereza de lo resiliente.
La Venus de Milo no tiene brazos y es hoy casi un pie de rey a la hora de medir la belleza. Lo que no se ve lo ponemos quienes miramos, lo que sabemos que va en ese espacio que queda para que cada uno invente su propio concepto del arte, como lo hemos inventado siempre en el Roque Partido, en un dedo divino para Fray Lesco, o en un tótem gigante y protector para los marineros que navegan cerca de su silueta milenaria.
Si estamos en Gran Canaria, siempre hay que viajar hasta el Puerto de Las Nieves y, una vez allí, buscar el Roque Partido, y dejar que la mirada se pierda en sus contornos erosionados, al mismo tiempo que reconocemos el paso de un tiempo que ha esculpido, con la insistencia de las olas y del viento, uno de esos símbolos con los que los seres humanos nos enraizamos un poco más a la orilla, cerca del océano, o ya dentro de él, donde dormita aquel pináculo que durante años vimos cómo coronaba nuestros sueños Atlánticos.
Enlaces relacionados:
Rituales de oro y sal en Agaete
Agaete, el pie de rey de la belleza en Gran Canaria
Los comentarios están desactivados para este artículo.