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Náutica

El secreto de Gran Canaria. Lo que no contamos en voz alta

Gran Canaria no empieza al borde de sus playas. Ni hablar. Se presenta mucho antes, escondida bajo el mar. En los fondos marinos donde se reproduce la potentísima orografía que recorre los cuatro puntos cardinales de su superficie y que le ha valido el apelativo de Continente en Miniatura.

El mar isleño, de alguna forma, es una muestra de los siete mares del planeta. Alguien debió empeñarse a fondo en reunir un completo muestrario en torno a una misma isla. Porque en Gran Canaria el buceador encuentra tremendas paredes que acaban en fondos abisales, bajas monumentales que provocan una explosión de vida marina, cuevas de origen volcánico, ‘desiertos’ dunares con mil pecios… En resumen, una cautivadora secuencia de lo mejor de cada océano. Eso sí, hay algo completamente excepcional en la isla para la práctica del buceo: la temperatura, que en Gran Canaria es un punto aparte.

El Atlántico que envuelve Gran Canaria se adapta como un guante a las necesidades del submarinista, y lo hace además de forma extraordinaria para esta latitud del globo. En invierno, arropándolo con una mayor temperatura que en los meses de marzo y abril, que es la época en la que más baja. El flujo cálido que llega de la Corriente del Golfo pone el termómetro en torno a los 20 grados de temperatura, a unos 25 a 30 metros de profundidad y en pleno invierno. Luego “bajarᔠa 18 grados en primavera, y volverá a subir a topes de hasta 26 grados en la época del estío.

Ni un calefactor gigante hubiera logrado tanta precisión. Todo esto provoca el lógico asombro de los que han tenido la suerte de sumergirse aquí, que experimentan tras horas de inmersión cómo con equipos ligeros de neopreno queda anulado cualquier atisbo de hipotermia.

Evidentemente este ‘clima submarino’ no es sólo una golosina para el visitante, sino una suerte de mundo feliz para la fauna, un lugar donde sobrevive una abrumadora representación de especies. Morenas interminables, pedregales, barracudas, tortugas, alfonsitos, sargos, tamboriles espinosos o meros de hasta 30 kilos de peso son algunos de los tesoros vivos que guarda el mar de la isla. Esta fiesta para los sentidos se completa con un buen número de arrecifes artificiales, colocados en lugares estratégicos por instituciones como la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y que actúan de detonante para una mayor explosión de vida.

Combinando sus numerosos pecios, casi todos con profundidades asequibles que no requieren descompresión, con fondos con cantos rodados que sirven de refugio a millones de alevines, todo da como resultado una Gran Canaria ensalitrada, objeto de deseo de multitud de submarinistas europeos, que ven aquí la posibilidad de llenar sus botellas en pleno invierno.

Si a esto se le suman las convocatorias de concursos de buceo y de fotografía submarina; la amplia red de clubs que facilitan todo tipo de equipos; las distintas escuelas dispersas por la isla; los detallados mapas con los lugares más idóneos para sumergirse facilitados por el Cabildo de Gran Canaria; y la perfecta compatibilidad de este deporte con los otros usos marítimos, el resultado es que el submarinista tiene en Gran Canaria, a sólo dos golpes de aleta de Europa, uno de los mejores fondos del mundo.